Misericordia
Misericordia —Coja usted el libro y el lápiz, y lléveselo con mucho cuidado… no se le pierda por el camino. Bueno: ¿se ha hecho usted cargo? ¿Me responde de que apuntarán todo?
—Sí, señor… no se escapará ni un verbo.
—Bueno. Pues ahora, para que Francisca se acuerde de mi pobre Pura y rece por ella… ¿Me promete usted que rezarán por ella y por mí?
—Sí, señor: rezaremos a voces, hasta que se nos caiga la campanilla.
—Pues aquí tengo doce duros, que destino al socorro de los necesitados que no se determinan a pedir limosna porque les da vergüenza… ¡pobrecitos! son los más dignos de conmiseración.
Al oír doce duros, Benina abrió cada ojo como la puerta de una casa. ¡Cristo, lo que ella haría con doce duros! Ya estaba viendo el descanso de muchos días, atender a tantas necesidades, tapar algunas bocas, vivir, respirar, dando de mano al petitorio humillante, y al suplicio de la busca por medios tan fatigosos. La pobre mujer vio el cielo abierto, y por el hueco la docena de pesos, compendio hermosísimo de su felicidad en aquellos días.
«Doce duros —repitió D. Carlos pasando las monedas de una mano a otra—; pero no se los doy en junto, porque sería fomentar el despilfarro: se los asigno…».