Misericordia

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—Todo sea por Dios. ¿En qué casa, por pobre que esté, no hay recado de escribir? Se ofrece echar una firma, tomar una cuenta, apuntar un nombre o señas de casa para que no se olviden… Tome usted este lápiz, que ya está afilado, y lléveselo también, y cuando se le gaste la punta, se la saca usted con el cuchillo de la cocina.

Y a todas estas, D. Carlos no hablaba de darle ningún socorro positivo, concretando su caridad a la ofrenda del libro, que debía ser fundamento del orden administrativo en la desquiciada hacienda de Doña Francisca Juárez. Al verle mover los labios para seguir hablando, y echar mano a la llave puesta en el cajón de la izquierda, Benina sintió grande alegría.

—No hay ni puede haber prosperidad sin administración —afirmó D. Carlos, abriendo la gaveta y mirando dentro de ella—. Yo quiero que Francisca administre, y cuando administre…

—Cuando administre, ¿qué? —dijo Benina con el pensamiento—. ¿Qué nos va usted a dar, viejo loco, más loco que los que están en Leganés? Así se te pudra todo el dinero que guardas, y se te convierta en pus dentro del cuerpo para que revientes, zurrón de avaricia.


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