Misericordia
Misericordia —¿Míos? ¿Has dicho que todo lo de D. Carlos puede ser mío? Tú estás loco, Almudenilla.
—Tudo tuya… por la bendita luz. Si no creer mí, priebar tú y ver.
—Vuélvemelo a decir: que todo el dinero de D. Carlos puede ser mío, ¿cuándo?
—Cuando querer ti.
—Lo creeré, si me explicas cómo ha de ser ese milagro.
—Mí sabier cómo… Dicir ti secreto.
—Y si tú puedes hacer que todo el caudal de ese viejo loco, un suponer, pase a ser de otra persona, ¿por qué te conformas con la miseria, por qué no lo coges para ti?
Replicó a esto Almudena que la persona que hiciera el milagro, cuyo secreto él poseía, había de tener vista. Y el milagro era seguro, por la bendita luz; y si ella dudaba, no tenía más que probarlo, haciendo puntualmente todo cuanto él le dijera.