Misericordia
Misericordia La convicción profunda que Almudena mostraba hizo efecto en la infeliz mujer, quien, después de una pausa en que interrogaba los ojos muertos de su amigo y su frente amarilla lustrosa, rodeada de negros cabellos, saltó diciendo:
—¿Y qué se hace para llamarlo?
—Yo diciendo ti.
—¿Y no me pasa nada por hacerlo?
—Naida.
—¿No me condeno, ni me pongo mala, ni me cogen los demonios?
—No.
—Pues ve diciendo; pero no engañes, no engañes, te digo.
—N’gañar no ti…
—¿Podemos hacerlo ahora?
—No: hacirlo a las doce del noche.
—¿Tiene que ser a esa hora?
—Siguro, siguro…
—¿Y cómo salgo yo de casa a media noche?… Amos, déjame a mí de pamplinas. Verdad que podría decir, un suponer, que se ha puesto malo D. Romualdo y tengo que velarlo… Bueno: ¿qué hay que hacer?
—N’cesitas cosas mochas. Comprar tú cosas. Lo primiero candil de barro. Pero comprarlo has tú sin hablar paliabra.
—Me vuelvo muda.