Misericordia

Misericordia

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—Ya se me figura que es verdad cuanto usted me dice. Yo soy así. Vea usted lo que me pasa: hace un rato hablábamos de flores; pues ya se me ha pegado a la nariz un olor riquísimo. Paréceme que estoy dentro de mi estufa, viendo tantos primores, y oliendo fragancias deliciosas. Y ahora, cuando hablábamos de socorrer la miseria, se me ocurrió decirle: «Frasquito, tráigame una lista de los pobres que usted conozca, para empezar a distribuir limosnas».

—La lista pronto se hace, señora mía —dijo Ponte contagiado del delirio imaginativo, y pensando que debía encabezar la propuesta con el nombre del primer menesteroso del mundo: Francisco Ponte Delgado.

—Pero habrá que esperar —añadió Obdulia, dándose de hocicos contra la realidad, para volver a saltar otra vez, cual pelota de goma, y remontarse a las alturas—. Y diga usted: en ese correr por Madrid buscando miserias que aliviar, me cansaré mucho, ¿verdad?

—¿Pero para qué quiere usted sus coches?… Digo, yo parto de la base de que usted tiene una gran posición.

—Me acompañará usted.

—Seguramente.

—¿Y le veré a usted paseando a caballo por la Castellana?


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