Misericordia

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—No digo que no. Yo he sido regular jinete. No gobierno mal… Ya que hemos hablado de carruajes, le aconsejo a usted que no tenga cocheras… que se entienda con un alquilador. Los hay que sirven muy bien. Se quitará usted muchos quebraderos de cabeza.

—¿Y qué le parece a usted? —dijo Obdulia ya desbocada y sin freno—. Puesto que he de viajar, ¿a dónde debo ir primero, a Alemania o a Suiza?

—Lo primero a París…

—Es que yo me figuro que ya he visto a París… Eso es de clavo pasado… Ya estuve: quiero decir, ya estoy en que estuve, y que volveré, de paso para otro país.

—Los lagos de Suiza son linda cosa. No olvide usted las ascensiones a los Alpes para ver… los perros del Monte San Bernardo, los grandes témpanos de hielo, y otras maravillas de la Naturaleza.

—Allí me hartaré de una cosa que me gusta atrozmente: manteca de vacas bien fresca… Dígame, Ponte, con franqueza: ¿qué color cree usted que me sienta mejor, el rosa o el azul?

—Yo afirmo que a usted le sientan bien todos los colores del iris; mejor dicho: no es que este o el otro color hagan valer más o menos su belleza; es que su belleza tiene bastante poder para dar realce a cualquier color que se le aplique.

—Gracias… ¡Qué bien dicho!


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