Misericordia
Misericordia —Yo, si usted me lo permite —manifestó el galán marchito, sintiendo el vértigo de las alturas—, haré la comparación de su figura de usted con la figura y rostro… ¿de quién creerá?… pues de la Emperatriz Eugenia, ese prototipo de elegancia, de hermosura, de distinción…
—¡Por Dios, Frasquito!
—No digo más que lo que siento. Esa mujer ideal no se me ha olvidado, desde que la vi en París, paseando en el Bois con el Emperador. La he visto mil veces después, cuando flaneo solito por esas calles soñando despierto, o cuando me entra el insomnio, encerrado las horas muertas en mis habitaciones. Paréceme que la estoy viendo ahora, que la veo siempre… Es una idea, es un… no sé qué. Yo soy un hombre que adora los ideales, que no vive sólo de la vil materia. Yo desprecio la vil materia, yo sé desprenderme del frágil barro…
—Entiendo, entiendo… Siga usted.
—Digo que en mi espíritu vive la imagen de aquella mujer… y la veo como un ser real, como un ente… no puedo explicarlo… como un ente, no figurado, sino tangible y…
—¡Oh! sí… lo comprendo. Lo mismo me pasa a mí.
—¿Con ella?
—No… con… no sé con quién.