Misericordia

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—¡Qué cosas!… Eso no puede ser, Ponte… no puede ser.

Entrole a la niña un reír nervioso, cuya estridencia y duración parecían anunciar un ataque epiléptico. Riose también Frasquito, y desbocándose luego por los espacios imaginativos, dio un bote formidable, que, traducido al lenguaje vulgar, es como sigue:

—Hace poco indicó usted que me vería paseando a caballo por la Castellana. ¡Ya lo creo que podría usted verme! Yo he sido un buen jinete. En mi juventud, tuve una jaca torda, que era una pintura. Yo la montaba y la gobernaba admirablemente. Ella y yo llamamos la atención en La Línea primero, después en Ronda, donde la vendí, para comprarme un caballo jerezano, que después fue adquirido… pásmese usted… por la Duquesa de Alba, hermana de la Emperatriz, mujer elegantísima también… y que también se le parece a usted, sin que las dos hermanas se parezcan.

—Ya, ya sé… —dijo Obdulia, haciendo gala de entender de linajes—. Eran hijas de la Montijo.

—Cabal, que vivía en la plazuela del Ángel, en aquel gran palacio que hace esquina a la plaza donde hay tantos pajaritos… mansión de hadas… yo estuve una noche… me presentaron Paco Ustáriz y Manolo Prieto, compañeros míos de oficina… Pues sí, yo era un buen jinete, y créame, algo queda.

—Hará usted una figura arrogantísima…


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