Misericordia
Misericordia Conocedora del carácter de la señora, Benina sabía que el peor sistema contra sus arrebatos de furor era contradecirla, darle explicaciones, sincerarse y defenderse. Doña Paca no admitía razonamientos, por juiciosos que fuesen. Cuanto más lógicas y justas eran las aclaraciones del contrario, más se enfurruñaba ella. No pocas veces Benina, inocente, tuvo que declararse culpable de las faltas que la señora le imputaba, porque, haciéndolo así, se calmaba más pronto.
«¿Ves cómo tengo razón? —proseguía la señora, que cuando se ponía en tal estado, era de lo más insoportable que imaginarse puede—. Te callas… quien calla, otorga. Luego es cierto lo que yo digo; yo siempre estoy al tanto… Resulta lo que pensé: que no has subido a casa de Obdulia, ni ese es el camino. Sabe Dios dónde habrás estado de pingo. Pero no te dé cuidado, que yo lo averiguaré… ¡Tenerme aquí sola, muerta de hambre!… ¡Vaya una mañana que me has hecho pasar! He perdido la cuenta de los que han venido a cobrar piquillos de las tiendas, cantidades que no se han pagado ya por tu desarreglo… Porque la verdad, yo no sé dónde echas tú el dinero… Responde, mujer… defiéndete siquiera, que si a todo das la callada por respuesta, me parecerá que aún te digo poco».