Misericordia

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Benina repitió con humildad lo dicho anteriormente: que había concluido tarde en casa de D. Romualdo; que D. Carlos Trujillo la entretuvo la mar de tiempo; que había ido después a la calle de la Cabeza…

«Sabe Dios, sabe Dios lo que habrás hecho tú, correntona, y en qué sitios habrás estado… A ver, a ver si hueles a vino».

Oliéndole el aliento, rompió en exclamaciones de asco y horror: «Quita, quítate allá, borracha. Apestas a aguardiente».

—No lo he catado, señora; me lo puede creer.

Insistía Doña Paca, que en aquellas crisis convertía en realidades sus sospechas, y con su terquedad forjaba su convicción.

—Me lo puede creer —repitió Benina—. No he tomado más que un vasito de vino con que me obsequió el Sr. de Ponte.

—Ya me está dando a mí mala espina ese señor de Ponte, que es un viejo verde muy zorro y muy tuno. Tal para cual, pues también tú las matas callando… No pienses que me engañas, hipócrita… Al cabo de la vejez, te da por la disolución, y andas de picos pardos. ¡Qué cosas se ven, Señor, y a qué desarreglos arrastra el maldito vicio!… Te callas: luego es cierto. No; si aunque lo negaras no me convencerías, porque cuando yo digo una cosa, es porque la sé… Tengo yo un ojo…


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