Misericordia
Misericordia La disputilla referida anteriormente fue cortada por la entrada o salida de fieles. Pero la Burlada no podía refrenar su reconcomio, y en la primera ocasión, viendo que la Casiana y el ciego Almudena (de quien se hablará después) recibían aquel día más limosna que los demás, se deslenguó nuevamente con la antigua, diciéndole: «Adulona, más que adulona, ¿crees que no sé que estás rica, y que en Cuatro Caminos tienes casa con muchas gallinas, y muchas palomas, y conejos muchos? Todo se sabe».
—Cállate la boca, si no quieres que dé parte a D. Senén para que te enseñe la educación.
—¡A ver!…
—No vociferes, que ya oyes la campanilla de alzar la Majestad.
—Pero, señoras, por Dios —dijo un lisiado que en pie ocupaba el sitio más próximo a la iglesia—. Arreparen que están alzando el Santísimo Sacramento.
—Es esta habladora, escorpionaza.
—Es esta dominanta… ¡A ver!… Pues, hija, ya que eres caporala, no tires tanto de la cuerda, y deja que las nuevas alcancemos algo de la limosna, que todas semos hijas de Dios… ¡A ver!
—¡Silencio, digo!
—¡Ay, hija… ni que fuas Cánovas!