Misericordia

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Rompió a llorar la señora, y Benina que ya sentía ganas de contestar a tanta impertinencia dándole azotes como a un niño mañoso, al ver las lágrimas se compadeció. Ya sabía que el llanto era la terminación de la crisis de cólera, la sedación del acceso, mejor dicho, y cuando tal sucedía, lo mejor era soltar la risa, llevando la disputa al terreno de las burlas sabrosas.

—Pues sí, señora Doña Francisca —le dijo abrazándola—. ¿Creía usted que habiéndome salido ese novio tan hechicero y tan saleroso, le había de dejar yo en necesidad, sin darle para el pelo?

—No creas que me engatusas con tus bromitas, trapalona, zalamera… —decía la señora, ya desarmada y vencida—. Yo te aseguro que no me importa nada lo que has hecho, porque el dinero de Trujillete yo no lo había de tomar… Preferiría morirme de hambre, a manchar mis manos con él… Dáselo, dáselo a quien quieras, ingratona, y déjame a mí en paz; déjame que me muera olvidada de ti y de todo el mundo.

—Ni usted ni yo nos moriremos tan pronto, porque aún hemos de dar mucha guerra —le dijo la criada, disponiéndose con gran diligencia a darle de comer.


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