Misericordia

Misericordia

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—Veremos qué porquerías me traes hoy… Enséñame la cesta… Pero, hija, ¿no te da vergüenza de traerle a tu ama estas piltrafas asquerosas?… ¿Y qué más? coliflor… Ya me tienes apestada con tus coliflores, que me dan flato, y las estoy repitiendo tres días… En fin, ¿a qué estamos en el mundo más que a padecer? Dame pronto estos comistrajos… ¿Y huevos no has traído? Ya sabes que no los paso, como no sean bien frescos.

—Comerá usted lo que le den, sin refunfuños, que el poner tantos peros a la comida que Dios da, es ofenderle y agraviarle.

—Bueno, hija, lo que tú quieras. Comeremos lo que haya, y daremos gracias a Dios. Pero come tú también, que me da pena verte tan ajetreada, desviviéndote por los demás, y olvidada de ti misma y del alivio de tu cuerpo. Siéntate conmigo, y cuéntame lo que has hecho hoy.

A media tarde, comían las dos, sentaditas a la mesa de la cocina. Doña Paca, suspirando con toda su alma, entre un bocado y otro, expresó en esta forma las ideas que bullían en su mente:



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