Misericordia
Misericordia —«¿Qué trae por acá la señá Benina? —le dijo sacudiéndole de firme en los dos hombros—. Oí contar que estaba usted en grande, en casa rica… Ya, ya sacará buenas rebañaduras… ¡Y que no tendrá usted mal gato!…».
—Hija, no… De eso hace un siglo. Ahora estamos en baja.
—¿Qué? ¿Le va mal?
—Tirando, tirando. Si sopas, comerlas, y si no, nada… Y el Comadreja, ¿está?
—¿Para qué le quiere, señá Benina?
—Hija, te pregunto por saber de él, si está con salud.
—Se defiende. La herida se le abre cuando menos lo piensa.
—Vaya por Dios… Dime otra cosa…
—Mándeme.
—Quiero saber si has recogido en tu casa a un caballero que le llaman Frasquito Ponte, y si le tienes aquí todavía, porque me dijeron que anoche se puso muy malo.
Por toda respuesta, la Pitusa mandó a Benina que la siguiera, y ambas, agachándose, se escurrieron por el agujero que hacía las veces de puerta entre los estantillos del mostrador. De la otra parte arrancaba una escalera estrechísima, por la cual subieron una tras otra.