Misericordia

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—Es una persona decente, como quien dice, personaje —añadía Benina, segura ya de encontrar allí al infortunado caballero.

—De la grandeza. Vele aquí a dónde vienen a parar los títulos.

Por un pasillo mal oliente y sucio llegaron a una cocina, donde no se guisaba. Fogón y vasares servían de depósito de botellas vacías, cajas deshechas, sillas rotas y montones de trapos. En el suelo, sobre un jergón mísero, yacía cuan largo era D. Francisco Ponte, en mangas de camisa, inmóvil, la fisonomía descompuesta. Dos mujeronas, de rodillas a un lado y otro, la una con un vaso de agua y vino, la otra atizándole friegas, le hablaban a gritos: «Vuelva en sí… ¿Qué demonios le pasa?… Eso no es más que maulería. ¿No quiere beber más?».

Benina, de hinojos, se puso también a gritarle, sacudiéndole: «D. Frasquito de mi alma, ¿qué es eso? Abra los ojos y véame: soy la Nina».





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