Misericordia

Misericordia

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—¡Válgate Dios! ¿Y…?

—No, no tengo alhajas. Si las tuviera…

—Busca bien, maestra.

—Pues bueno. Hay dos sortijas. No son mías: son del Rey de Bastos, un amigo de Rumaldo, que se las dio a guardar, y Rumaldo me las dio a mí.

—Pues…

—Si usted me da su palabra de desempeñarlas dentro de ocho días y traérmelas, pero palabra formal, ¡San Dios! lléveselas… Darán los diez por largo, pues una de ellas tiene un brillante que da la catarata.

Poco más se habló. Cerraron bien la puerta, para que nadie pudiera fisgonear desde el pasillo. Si alguien lo hiciera, no habría oído más que un abrir y cerrar de los cajones de la cómoda, un cuchicheo de Benina, y roncas gárgaras de la otra.



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