Misericordia
Misericordia —Y rodando, rodando, caíste en una tentación…
—Y como servía usted en casa grande, yo calculé y dije: «Pues esta, si quiere, podrá sacarme».
—Te llegaste a mí con mucho miedo… lo que pasa… no querías levantarte el faldón, y que yo te dejara destapada.
—Pero usted me tapó… ¡Cuánto se lo agradecí, Benina!
—Y sin réditos… Luego tú, en cuanto hiciste las paces con el del almacén de vinos, me pagaste…
—Duro sobre duro.
—Pues bien: ahora soy yo la que se ha caído: necesito doscientos reales, y tú me los vas a dar.
—¿Cuándo?
—Ahora mismo.
—¡Mecachis… San Dios! ¡Como no se me vuelva dinero la chimenea de los garbanzos!
—¿No los tienes? ¿Ni tu Comadreja tampoco?
—Estamos como el gallo de Morón… ¿Y para qué quiere los diez duros?
—Para lo que a ti no te importa. Di si me los das o no me los das. Yo te los pagaré pronto; y si quieres real por duro, no hay incomeniente.
—No es eso: es que no tengo ni un cuarto partido por medio. Este ganado indecente no trae más que miseria.