Misericordia
Misericordia Manifestó Benina a la Pitusa que era un dolor mandar al Hospital a tan ilustre señorón, y que ella se determinaría a llevarle a su casa, sí… Hirió la mente de la anciana una atrevida idea, y con la resolución que era cualidad primaria de su carácter, se apresuró a ponerla en práctica con toda prontitud. «¿Quieres oírme una palabrita?» —dijo a la Pitusa, cogiéndola por el brazo para sacarla de la cocina. Y al extremo del pasillo, entraron en la única habitación vividera de la casa: una alcoba con cama camera de hierro, colcha de punto de gancho, espejos torcidos, láminas de odaliscas, cómoda derrengada, y un San Antonio en su peana, con flores de trapo y lamparilla de aceite. El diálogo fue rápido y nervioso:
—¿Qué se le ofrece?
—Pues poca cosa. Que me prestes diez duros.
—Señá Benina, ¿está usted en sus cabales?
—En ellos estoy, Teresa Conejo, como lo estaba cuando te presté los mil reales, y te salvé de ir a la cárcel… ¿No te acuerdas? Fue el año y el día del ciclón, que arrancó los árboles del Botánico… Tú habitabas en la calle del Gobernador; yo en la de San Agustín, donde servía…
—Sí que me acuerdo. Yo la conocí a usted de que comprábamos juntas…
—Te viste en un fuerte compromiso.
—Empezaba yo a rodar por el mundo…