Misericordia
Misericordia —El marido… —añadió la Burlada echando lumbre por los ojos—, es uno que vende teas y perejil… Ha sido melitar, y tiene siete cruces sencillas y una con cinco riales… Ya ves qué familia. Y aquí me tienes que hoy no he comido más que un corrusco de pan; y si esta noche no me da cobijo la Ricarda en el cajón de Chamberí, tendré que quedarme al santo raso. ¿Tú qué dices, Almudena?
El ciego murmuraba. Preguntado segunda vez, dijo con áspera y dificultosa lengua:
—¿Hablar vos del Piche? Conocierle mí. No ser marido la Casiana con casarmiento, por la luz bendita, no. Ser quirido, por la bendita luz, quirido.
—¿Conócesle tú?
—Conocierle mí, comprarmi dos rosarios él… de mi tierra dos rosarios, y una pieldra imán. Diniero él, mucho diniero… Ser capatazo de la sopa en el Sagriado Corazón de allá… y en toda la probieza de allá, mandando él, con garrota él… barrio Salmanca… capatazo… Malo, mu malo, y no dejar comer… Ser un criado del Goberno, del Goberno malo de Ispania, y de los del Banco, aonde estar tuda el diniero en cajas soterranas. Guardar él, matarnos de hambre él…
—Es lo que faltaba —dijo la Burlada con aspavientos de oficiosa ira—; que también tuvieran dinero en las arcas del Banco esos hormigonazos.