Misericordia
Misericordia Sin despegar los labios, abandonaba Nina el jergón, y, echándose una falda, hacía la taza de tila en la cocinilla económica, y antes o después daba la medicina a la enferma, y luego las friegas, y por fin acostábase con ella para arrullarla como a un niño, hasta que conseguía dormirla. Anhelando olvidar la señora su anterior desvarío, creía que el mejor medio era borrar con expresiones cariñosas las malévolas ideas de antes, y así, mientras su compañera la arrullaba, decíale: «Si yo no te tuviera, no sé qué sería de mí. Y luego me quejo de Dios, y le digo cosas, y hasta le insulto, como si fuera un cualquiera. Verdad que me priva de muchos bienes; pero me ha dado tu compañía y amistad, que vale más que el oro y la plata y los brillantes… Y ahora que me acuerdo, ¿qué me aconsejas tú que debo hacer para el caso de que vuelvan D. Francisco Morquecho y D. José María Porcell con aquella embajada de la herencia?…».
—Pero, señora, si eso lo ha soñado usted… y los tales caballeros hace mil años que están muy achantaditos debajo de la tierra.
—Dices bien: yo lo soñé… Pero si no aquellos, otros puede que vengan con la misma música el mejor día.
—¿Quién dice que no? ¿Ha soñado usted con cajas vacías? Porque eso es señal de herencia segura.
—¿Y tú, qué has soñado?