Misericordia
Misericordia —Sí, señor; sí, señor… comprendido, perfectamente comprendido —clamaron los dos al unísono.
—Antes hubieran uno y otro recibido este jicarazo —dijo el clérigo—; pero me ha costado un trabajo enorme averiguar dónde residían. Creo que he preguntado a medio Madrid… y por fin… No ha sido poca suerte encontrar juntas en esta casa a las dos piezas, perdonen el término de caza, que vengo persiguiendo como un azacán desde hace tantos días.
Doña Paca le besó la mano derecha, y Frasquito Ponte la izquierda. Ambos lagrimeaban.
«Dos meses de pensión han devengado ustedes ya, y ahora nos pondremos de acuerdo para las formalidades que han de llenarse, a fin de que uno y otro perciban desde luego…».
Llegó a creer Ponte que hacía una rápida ascensión en globo, y se agarró con fuerza a los brazos del sillón, como el aeronauta a los bordes de la barquilla.
«Estamos a sus órdenes —manifestó Doña Francisca en alta voz; y para sí—: Esto no puede ser; esto es un sueño».