Misericordia
Misericordia La idea de que no pudiera Nina enterarse de tanta felicidad, enturbió la que en aquel momento inundaba su alma. A este pensamiento hubo de responder, por misteriosa concatenación, el de Ponte Delgado, que dijo: «¡Lástima que Nina, ese ángel, no esté presente!… Pero no debemos suponer que le haya pasado ningún accidente grave. ¿Verdad, Sr. D. Romualdo? Ello habrá sido…».
—Me dice el corazón que está buena y sana, que volverá hoy… —declaró Doña Paca con ardiente optimismo, viendo todas las cosas envueltas en rosado celaje—. Por cierto que… Perdone usted, señor mío: hay tal confusión en mi pobre cabeza… Decía que… Al anunciarse el señor D. Romualdo en mi casa, yo creí, fijándome sólo en el nombre, que era usted el dignísimo sacerdote en cuya casa es asistenta mi Benina. ¿Me equivoco?
—Creo que sí.
—Es propio de las grandes almas caritativas esconderse, negar su propia personalidad, para de este modo huir del agradecimiento y de la publicidad de sus virtudes… Vamos a cuentas, Sr. D. Romualdo, y hágame el favor de no hacer misterio de sus grandes virtudes. ¿Es cierto que por la fama de estas le proponen para obispo?
—¡A mí!… No ha llegado a mí noticia.
—¿Es usted de Guadalajara o su provincia?
—Sí, señora.