Misericordia
Misericordia —¿Tiene usted una sobrina llamada Doña Patros?
—No, señora.
—¿Dice usted la misa en San Sebastián?
—No, señora: la digo en San Andrés.
—¿Y tampoco es cierto que hace días le regalaron a usted un conejo de campo?…
—Podría ser… ja, ja… pero no recuerdo…
—Sea como fuere, Sr. D. Romualdo, usted me asegura que no conoce a mi Benina.
—Creo… vamos, no puedo asegurar que me es desconocida, señora mía. Antójaseme que la he visto.
—¡Oh! bien decía yo que… Sr. de Cedrón, ¡qué alegría me da!
—Tenga usted calma. Veamos: ¿esa Benina es una mujer vestida de negro, así como de sesenta años, con una verruga en la frente?…
—La misma, la misma, Sr. D. Romualdo: muy modosita, algo vivaracha, a pesar de su edad.
—Más señas: pide limosna, y anda por ahí con un ciego africano llamado Almudena.
—¡Jesús! —exclamó con estupefacción y susto Doña Paca—. Eso no, ¡válgame Dios! eso no… Veo que no la conoce usted.