Misericordia
Misericordia —Lo he visto. A mamá no he querido decirle nada, porque no se disguste; pero… ya estoy al tanto. En una redada que echaron los policías, cogieron a Nina y al otro, y les zamparon en San Bernardino. De allí me les empaquetaron para el Pardo, de donde me mandó Nina un papelito, diciéndome que haga un empeño para que la suelten… Veréis lo que hice esta mañana: alquilé una bicicleta y me fui al Pardo… Antes que se me olvide: si sabe mi mujer que he paseado en bicicleta, tendremos bronca en casa. Tú, Polidura, ten cuidado de no venderme: ya sabes cómo las gasta Juliana… Pues sigo: me planté allá, y la vi: la pobre está descalza y con los trapitos en jirones. Da pena verla. El moro es tan celoso, ¡Dios! que cuando me oyó hablar con ella se puso frenético, y me quiso pegar… «Galán bunito —decía—, mí matar galán bunito». Por no escandalizar, no le di un par de morradas…
—Yo no creo que Benina, a sus años… —indicó Frasquito tímidamente.
—¿Qué ha de hacer usted más que encontrar muy naturales los pinitos de los ancianos?
—En fin —dijo Polidura, arrojando todo el furor de su mirada sobre Antonio—, haz por sacarla. Habrá que buscar un empeño en el Gobierno civil.
—Sí, sí… Gestionemos inmediatamente —propuso Ponte—. ¿Será todavía Gobernador Pepe Alcañices?