Misericordia
Misericordia Temblorosa llegó a la calle Imperial, y habiendo mandado al moro que se arrimara a la pared y la esperase allí, mientras ella subía y se enteraba de si podía o no alojarle en la que fue su casa, le dijo Almudena: «No bandonar tú mí, amri».
—¿Pero estás loco? ¿Abandonarte yo ahora que estás malito, y los dos andamos tan de capa caída? No pienses tal desatino, y aguárdame. Te pondré ahí enfrente, a la entrada de la calle de la Lechuga.
—¿No n’gañar tú mí? ¿Golver ti pronta?
—En seguidita que vea lo que ocurre por arriba, y si está de buen temple mi Doña Paca.
