Misericordia

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—Pero no te irás enojada conmigo —añadió con trémula voz Doña Paca, siguiéndola a distancia en su lenta marcha por el pasillo.

—No, señora… ya sabe que yo no me enfado… —replicó la anciana mirándola más compasiva que enojada—. Adiós, adiós.

Obdulia condujo a su madre al comedor diciéndole: «¡Pobre Nina!… Se va. Pues mira, a mí me habría gustado ver a ese moro Muza y hablar con él… ¡Esta Juliana, que en todo quiere meterse!…».

Atontada por crueles dudas que desconcertaban su espíritu, Doña Francisca no pudo expresar ninguna idea, y siguió revisando los cubiertos desempeñados. En tanto, Juliana, conduciendo a la Nina hasta la puerta con suave opresión de su mano en la espalda de la mendiga, la despidió con estas afectuosas palabras: «No se apure, señá Benina, que nada ha de faltarle… Le perdono el duro que le presté la semana pasada, ¿no se acuerda?»

—Señora Juliana, sí que me acuerdo. Gracias.

—Pues bien: tome además este otro duro para que se acomode esta noche… Váyase mañana por casa, que allí encontrará su ropa…

—Señora Juliana, Dios se lo pague.


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