Misericordia
Misericordia —En ninguna parte estará usted mejor que en la Misericordia, y si quiere, yo misma le hablaré a D. Romualdo, si a usted le da vergüenza. Doña Paca y yo la recomendaremos… Porque mi señora madre polÃtica ha puesto en mà toda su confianza, y me ha dado su dinero para que se lo guarde… y le gobierne la casa, y le suministre cuanto pueda necesitar. Mucho tiene que agradecer a Dios por haber caÃdo en estas manos…
—Buenas manos son, señora Juliana.
—Vaya por casa, y le diré lo que tiene que hacer.
—Puede que yo lo sepa sin necesidad de que usted me lo diga.
—Eso usted verá… Si no quiere ir por casa…
—Iré.
—Pues, señá Benina, hasta mañana.
—Señora Juliana, servidora de usted.
Bajó de prisa los gastados escalones, ansiosa de verse pronto en la calle. Cuando llegó junto al ciego, que en lugar próximo le esperaba, la pena inmensa que oprimÃa el corazón de la pobre anciana reventó en un llorar ardiente, angustioso, y golpeándose la frente con el puño cerrado, exclamó: «¡Ingrata, ingrata, ingrata!».
—No yorar ti, amri —le dijo el ciego cariñoso, con habla sollozante—. Señora tuya mala ser, tú ángela.