Misericordia
Misericordia —Si venier mà galán bunito —dijo el moro riendo tan estrepitosamente, que los extremos de su boca se le enganchaban en las orejas—, dar mà él patás mochas.
—¡Pobre D. Frasquito… cuitado, alma de Dios! —exclamó Nina cruzando las manos—. Yo me temÃa que parara en esto…
—¡Valiente estantigua! —dijo la Juliana—. ¿Y a nosotros qué nos importa que ese viejo pintado se chifle o no se chifle? ¿Sabéis lo que os digo? Pues que todo eso proviene de las drogas que se pone en la cara, lo cual que son venenosas y atacan al sentido. Ea, no perdamos el tiempo. Antonio, vuélvete a la calle Imperial, diles que preparen todo, y yo iré al carro a ver si lo arreglo para esta tarde. Nina, vete con Dios, y cuidado no se te pegue… ¿sabes? ¡Ay, hija, se te pegará, por mucho aseo que tengas! ¿Ves? ya empiezas a sufrir las consecuencias del mal paso… por no hacer caso de mÃ. Doña Paca me dijo que te permitiera ir allá. Quiere verte: ¡pobre señora! Yo le di mi conformidad, y hoy pensaba llevarte conmigo… pero ya no me atrevo, hija, ya no me atrevo. Habiendo de por medio esta pestilencia, no puedes rozarte… Yo habÃa determinado que fueras todos los dÃas a recoger la comida sobrante en casa de la que fue tu ama.
—¿Y ya no…?