Misericordia
Misericordia —Señora y madama —dijo Ponte desencasquetándose el sombrero con gran dificultad—. Caballero soy y me precio de saber tratar con damas elegantes; pero como de aquí ha salido la absurda especie, yo vengo a pedir explicaciones. Mi honor lo exige…
—¿Y qué tenemos que ver nosotras con el honor de usted, so espantajo? —gritó Juliana—. ¡Ea, no es persona decente quien falta a las señoras! El otro día eran para usted emperatrices, y ahora…
—Y ahora —dijo Ponte temblando ante el enérgico acento de Juliana, como caña batida del viento—. Y ahora… yo no falto al respeto a las señoras. Obdulia es una dama; Doña Francisca otra dama. Pero estas señoras damas… me han calumniado, me han herido en mis sentimientos más puros, sosteniendo que yo hice la corte a la Benina… y que la requerí de amores deshonestos, para que por mí y conmigo faltase a la fidelidad que debe al caballero de la Arabia…
—¡Si nosotras no hemos dicho semejante desatino!