Misericordia
Misericordia —Una pepitoria que ya la quisieran para sí los ángeles del cielo. Luego, calamares en su tinta… luego…
—Pues aunque te tengo dicho que no me traigas sobras de ninguna casa, pues prefiero la miseria que me ha enviado Dios, a chupar huesos de otras mesas… como te conozco, no dudo que habrás traído algo. ¿Dónde tienes la cesta?
Viéndose cogida, Benina vacilé un instante; mas no era mujer que se arredraba ante ningún peligro, y su maestría para el embuste le sugirió pronto el hábil quite: «Pues, señora, dejé la cesta, con lo que traje, en casa de la señorita Obdulia, que lo necesita más que nosotras».
—Has hecho bien. Te alabo la idea, Nina. Cuéntame más. ¿Y un buen solomillo, no pusiste?
—¡Anda, anda! Dos kilos y medio, señora. Sotero Rico me lo dio de lo superior.
—¿Y postres, bebidas?…
—Hasta Champaña de la Viuda. Son el diantre los curas, y de nada se privan… Pero vámonos adentro, que es muy tarde, y estará la señora desfallecida.
—Lo estaba; pero… no sé: parece que me he comido todo eso de que has hablado… En fin, dame de almorzar.
—¿Qué ha tomado? ¿El poquito de cocido que le aparté anoche?