Misericordia
Misericordia —Hija, no pude pasarlo. Aquí me tienes con media onza de chocolate crudo.
—Vamos, vamos allá. Lo peor es que hay que encender lumbre. Pero pronto despacho… ¡Ah! también le traigo las medicinas. Eso lo primero.
—¿Hiciste todo lo que te mandé? —preguntó la señora, en marcha las dos hacia la cocina—. ¿Empeñaste mis dos enaguas?
—¿Cómo no? Con las dos pesetas que saqué, y otras dos que me dio D. Romualdo por ser su santo, he podido atender a todo.
—¿Pagaste el aceite de ayer?
—¡Pues no!
—¿Y la tila y la sanguinaria?
—Todo, todo… Y aún me ha sobrado, después de la compra, para mañana.
—¿Querrá Dios traernos mañana un buen día? —dijo con honda tristeza la señora, sentándose en la cocina, mientras la criada, con nerviosa prontitud, reunía astillas y carbones.
—¡Ay! sí, señora: téngalo por cierto.
—¿Por qué me lo aseguras, Nina?
—Porque lo sé. Me lo dice el corazón. Mañana tendremos un buen día, estoy por decir que un gran día.