Tristana
Tristana Pero no quería meterse en averiguaciones directas, por creerlas ofensivas a su decoro e impropias de su nunca profanada caballerosidad. Una tarde, no obstante, en la plataforma del tranvía, charlando con uno de los cobradores, que era su amigo, le preguntó: «Pepe, ¿hay por aquí algún estudio de pintor?».
Precisamente en aquel instante pasaban frente a la calle transversal, formada por edificios nuevos de pobretería, destacándose entre ellos una casona de ladrillo al descubierto, grande y de provecho, rematada en una especie de estufa, como taller de fotógrafo o de artista. «Allí —dijo el cobrador— tenemos al señor de Díaz, retratista al óleo…».
—¡Ah!, sí, le conozco —replicó D. Lope—. Ese que…
—Ese que va y viene por mañana y tarde. No duerme aquí. ¡Guapo chico!
—Sí, ya sé… Moreno, chiquitín.
—No, es alto.
—Alto, sí; pero un poco cargado de espaldas.
—No, garboso.
—Justo, con melenas…
—Si lleva el pelo al rape.
—Se lo habrá cortado ahora. Parece de esos italianos que tocan el arpa.