Tristana
Tristana Respondiole el pintor que no se apurara por adquirir el saber doméstico, pues fácilmente se lo enseñaría la práctica. «Eres una niña —agregó—, con muchísimo talento y grandes disposiciones. Te falta sólo el pormenor, el conocimiento menudo que dan la independencia y la necesidad».
—Un recelo tengo —dijo Tristana, echándole al cuello los brazos—: que dejes de quererme por no saber yo lo que se puede comprar con un duro… porque temas que te convierta la casa en una escuela de danzantes. La verdad es que si pinto como tú o descubro otra profesión en que pueda lucir y trabajar con fe, ¿cómo nos vamos a arreglar, hijo de mi vida? Es cosa que espanta.
Expresó su confusión de una manera tan graciosa, que Horacio no pudo menos de soltar la risa.
«No te apures, hija. Ya veremos. Me pondré yo las faldas. ¡Qué remedio hay!».