Tristana
Tristana —No, no —dijo Tristana, alzando un dedito y marcando con él las expresiones de un modo muy salado—. Si encuentro mi manera de vivir, viviré sola. ¡Viva la independencia!… sin perjuicio de amarte y de ser siempre tuya. Yo me entiendo: tengo acá mis ideítas. Nada de matrimonio, para no andar a la greña por aquello de quién tiene las faldas y quién no. Creo que has de quererme menos si me haces tu esclava; creo que te querré poco si te meto en un puño. Libertad honrada es mi tema… o si quieres, mi dogma. Ya sé que es difícil, muy difícil, porque la sociedaz, como dice Saturna… No acabo de entenderlo… Pero yo me lanzo al ensayo… ¿Que fracaso? Bueno. Y si no fracaso, hijito, si me salgo con la mía, ¿qué dirás tú? ¡Ay!, has de verme en mi casita, sola, queriéndote mucho, eso sí, y trabajando, trabajando en mi arte para ganarme el pan; tú en la tuya, juntos a ratos, separados muchas horas, porque… ya ves, eso de estar siempre juntos, siempre juntos, noche y día, es así, un poco…
—¡Qué graciosa eres y recuantísimo te quiero! No paso por estar separado de ti parte del día. Seremos dos en uno, los hermanos siameses; y si quieres hacer el marimacho, anda con Dios… Pero ahora se me ocurre una grave dificultad. ¿Te la digo?
—Sí, hombre, dila.
—No, no quiero. Es pronto.