Tristana
Tristana —¿Cómo pronto? Dímela, o te arranco una oreja.
—Pues yo… ¿Te acuerdas de lo que hablábamos anoche?
—Chi.
—Que no te acuerdas.
—Que sí, bobillo. ¡Tengo yo una memoria…! Me dijiste que para completar la ilusión de tu vida deseabas…
—Dilo.
—No, dilo tú.
—Deseaba tener un chiquillín.
—¡Ay! No, no; le querría yo tanto, que me moriría de pena si me le quitaba Dios. Porque se mueren todos (con exaltación). ¿No ves pasar continuamente los carros fúnebres con las cajitas blancas? ¡Me da una tristeza!… Ni sé para qué permite Dios que vengan al mundo, si tan pronto se los ha de llevar… No, no; niño nacido es niño muerto… y el nuestro se moriría también. Más vale que no lo tengamos. Di que no.
—Digo que sí. Déjalo, tonta. ¿Y por qué se ha de morir? Supón que vive… y aquí entra el problema. Puesto que hemos de vivir separados, cada uno en su casa, independiente yo, libre y honrada tú, cada cual en su hogar honradísimo y librísimo… digo, libérrimo, ¿en cuál de los hogares vivirá el angelito?