Tristana
Tristana Tristana se quedó absorta, mirando las rayas del entarimado. No se esperaba la temida proposición, y al pronto no encontró manera de resolverla. De súbito, congestionado su pensamiento con un mundo de ideas que en tropel la asaltaron, echose a reír, bien segura de poseer la verdad, y la expresó en esta forma:
«Toma, pues conmigo, conmigo… ¿Qué duda puede haber? Si es mío, mío, ¿con quién ha de estar?».
—Pero como será mío también, como será de los dos…
—Sí… pero… te diré… tuyo, porque… vamos, no lo quiero decir… Tuyo, sí; pero es más mío que tuyo. Nadie puede dudar que es mío, porque la Naturaleza, de mí propia lo arranca. Lo de tuyo es indudable; pero… no consta tanto, para el mundo, se entiende… ¡Ay!, no me hagas hablar así ni dar estas explicaciones.
—Al contrario, mejor es explicarlo todo. Nos encontramos en tal situación, que yo pueda decir: mío, mío.
—Más fuerte lo podré decir yo: mío, mío y eternamente mío.
—Y mío también.
—Convengo; pero…
—No hay pero que valga.
—No me entiendes. Claro que es tuyo… Pero me pertenece más a mí.