Tristana
Tristana —No, por igual.
—Calla, hombre; por igual, nunca. Bien lo comprendes: podría haber otros casos en que… Hablo en general.
—No hablamos sino en particular.
—Pues en particular te digo que es mío y que no lo suelto, ¡ea!
—Es que… veríamos…
—No hay veríamos que valga.
—Mío, mío.
—Tuyo, sí; pero… fíjate bien… quiero decir que eso de tuyo no es tan claro, en la generalidad de los casos. Luego, la Naturaleza me da más derechos que a ti… Y se llamará como yo, con mi apellido nada más. ¿Para qué tanto ringorrango?
—Tristana, ¿qué dices? (incomodándose).
—Pero qué, ¿te enojas? Hijo, si tú tienes la culpa. ¿Para qué me…? No, por Dios, no te enfades. Me vuelvo atrás, me desdigo…
La nubecilla pasó, y pronto fue todo claridad y luz en el cielo de aquellas dichas, ligeramente empañado. Pero Díaz quedó un poco triste. Con sus dulces carantoñas quiso Tristana disipar aquella fugaz aprensión, y más mona y hechicera que nunca, le dijo: