Tristana
Tristana En resumidas cuentas, que Horacio tomó las de Villadiego. Tierna fue la despedida: se equivocaron, creyéndose con serenidad bastante para soportarla, y al fin se hallaban como condenados al patíbulo. Horacio, la verdad, no se sintió muy pesaroso por el camino, respiraba con desahogo, como jornalero en sábado por la tarde, después de una semana de destajo; saboreaba el descanso moral, el placer pálido de no sentir emociones fuertes. El primer día de Villajoyosa, ninguna novedad ocurrió. Tan conforme el hombre y muy bien hallado con su destierro. Pero al segundo día, aquel mar tranquilo de su espíritu empezó a moverse y picarse con leve ondulación, y luego fue el crecer, el encresparse. A los cuatro días el hombre no podía vivir de soledad, de tristeza, de privación. Todo le aburría: la casa, doña Trini, la parentela. Pidió auxilio al arte, y el arte no le proporcionó más que desaliento y rabia. El paisaje hermosísimo, el mar azul, las pintorescas rocas, los silvestres pinos, todo le ponía cara fosca. La primera carta le consoló en su soledad; no podían faltar en ella ausencias dulcísimas ni aquello tan sobado de nessun maggior dolore… ni los términos del vocabulario formado en las continuas charlas de amor. Habían convenido en escribirse dos cartitas por semana, y resultaba carta todos los días diariamente, según decía Tristana. Si las de él ardían, las de ella quemaban. Véase la clase: