Tristana
Tristana «He pasado un día cruel y una noche de todos los perros de la jauría de Satanás. ¿Por qué te fuiste?… Hoy estoy más tranquila; oí misa, recé mucho. He comprendido que no debo quejarme, que hay que poner frenos al egoísmo. Demasiado bien me ha dado Dios, y no debo ser exigente. Merezco que me riñas y me pegues, y aun que me quieras un poco menos (¡no por Dios!), cuando me aflijo por una ausencia breve y necesaria… Me mandas que esté tranquila, y lo estoy. Tu duca, tu maestro, tu signore. Sé que mi señó Juan volverá pronto, que ha de quererme siempre, y Paquita de Rímini espera confiada y se resigna con su soleá».
De él a ella:
«Hijita, ¡qué días paso! Hoy quise pintar un burro, y me salió… algo así como un pellejo de vino con orejas. Estoy de remate; no veo el color, no veo la línea, más que a mi Restituta, que me encandila los ojos con sus monerías. Día y noche me persigue la imagen de mi monstrua serrana, con todo el pesquis del Espíritu Santo y toda la sal del botiquín.
»(Nota del colector: Llamaban botiquín al mar, por aquel cuento andaluz del médico de a bordo, que todo lo curaba con agua salada).
»… Mi tía no está bien. No puedo abandonarla. Si tal barbaridad hiciera, tú misma no me la perdonarías. Mi aburrimiento es una horrible tortura que se le quedó en el tintero a nuestro amigo Alighieri…