Tristana

Tristana

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«Cielín mío, miquina, no te hagas tan sabia. Me asustas. De mí sé decirte que en esta rustiquidad (admitida la nueva palabra) casi me dan ganas de olvidar lo poquito que sé. ¡Viva la naturaleza! ¡Abajo la ciencia! Quisiera acompañarte en tu aborrecimiento de la vida obscura: ma non posso. Mis naranjos están cargados de azahares, para que lo sepas, ¡rabia, rabiña!, y de frutas de oro. Da gozo verlos. Tengo unas gallinas que cada vez que ponen huevo, preguntan al cielo, cacareando, qué razón hay para que no vengas tú a comértelos. Son tan grandes que parecen tener dentro un elefantito. Las palomas dicen que no quieren nada con ingleses, ni aun con los que son émulos del gran Sáspirr. Por lo demás, comprenden y practican la libertad honrada o la honradez libre. Se me olvidó decirte que tengo tres cabras con cada ubre como el bombo grande de la lotería. No me compares esta leche con la que venden en la cabrería de tu casa, con aquellos lácteos virgíneos candores que tanto asco nos daban. Las cabritas te esperan, inglesilla de tres al cuarto, para ofrecerte sus senos turgentes. Dime otra cosa… ¿Has comido turrón estas Navidades? Yo tengo aquí almendra y avellana bastantes para empacharte a ti y a toda tu casta. Ven y te enseñaré cómo se hace el de Jijona, lo de Alicante y el sabrosísimo de yema, menos dulce que tu alma gitana. ¿Te gusta a ti el cabrito asado? Dígolo porque si probaras lo de mi tierra te chuparías el dedo; no, el deíto ese de San Juan te lo chuparía yo. Ya ves que me acuerdo del vocabulario. Hoy está revuelto el botiquín, porque el Poniente le hace muchas cosquillas, poniéndole nervioso…


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