Tristana
Tristana »Si no te enfadas ni me llamas prosaico, te diré que como por siete. Me gustan extraordinariamente las sopas de ajo tostaditas, el bacalao y el arroz en sus múltiples aspectos, los pavipollos y los salmonetes con piñones. Bebo sin tasa del riquísimo licor de Engadi, digo, de Aspe, y me estoy poniendo gordo y guapo inclusive, para que te enamores de mí cuando me veas y te extasies delante de mis encantos o appas, como dicen los franceses y nosotros. ¡Ay, qué appases los míos! Pues ¿y tú? Haz el favor de no encanijarte con tanto estudio. Temo que la señá Malvina te contagie de su fealdad seca y hombruna. No te me vuelvas muy filósofa, no te encarames a las estrellas, porque a mí me están pesando mucho las carnazas y no puedo subir a cogerte, como cogería un limón de mis limoneros… Pero ¿no te da envidia de mi manera de vivir? ¿A qué esperas? Si no la jazemos ahora, ¿cuándo, per Baco? Vente, vente. Ya estoy arreglando tu habitación, que será manífica, digno estuche de tal joya. Dime que sí, y parto, parto (no el de los montes), quiero decir que corro a traerte. ¡Oh donna di virtú! Aunque te vuelvas más marisabidilla que Minerva, y me hables en griego para mayor claridad; aunque te sepas de memoria las Falsas Decretales y la Tabla de logaritmos, te adoraré con toda la fuerza de mi supina barbarie».
De la señorita de Reluz: