Tristana
Tristana Pero Garrido no se hizo esperar, y al punto salió con el supremo recurso de la camisa. «Por salvar tu honra soy yo capaz de dar la… En fin, ya sabes que es obligación, no favor, pues somos amigos de veras, y lo que yo hago por ti, lo harías tú por mí». Aunque los descubiertos que ponían por los suelos el nombre comercial de Reluz no eran el oro y el moro, pesaban lo bastante para resquebrajar el edificio no muy seguro de la fortunilla de don Lope; el cual, encastillado en su dogma altruista, hizo la hombrada gorda, y después de liquidar una casita que conservaba en Toledo, se desprendió de su colección de cuadros antiguos, si no de primera, bastante apreciable por los afanes y placeres sin cuento que representaba. «No te apures —decía a su triste amigo—. Pecho a la desgracia, y no des a esto el valor de un acto extraordinariamente meritorio. En estos tiempos putrefactos se estima como virtud lo que es deber de los más elementales. Lo que se tiene, se tiene, fíjate bien, en tanto que otro no lo necesita. Ésta es la ley de las relaciones entre los humanos, y lo demás es fruto del egoísmo y de la metalización de las costumbres. El dinero no deja de ser vil sino cuando se ofrece a quien tiene la desgracia de necesitarlo. Yo no tengo hijos. Toma lo que poseo; que un pedazo de pan no ha de faltarnos».