Tristana
Tristana Un amigo de la infancia, a quien amaba entrañablemente, de nombre D. Antonio Reluz, compinche de caballerías más o menos correctas, puso a prueba el furor altruista, que no otra cosa era, del buen D. Lope. Reluz, al casarse por amor con una joven distinguidísima, apartose de las ideas y prácticas caballerescas de su amigo, calculando que no constituían oficio ni daban de comer, y se dedicó a manejar en buenos negocios el capitalillo de su esposa. No le fue mal en los primeros años. Metiose en la compra y venta de cebada, en contratas de abastecimientos militares y otros honrados tráficos, que Garrido miraba con altivo desprecio. Hacia 1880, cuando ambos habían pasado la línea de los cincuenta, la estrella de Reluz se eclipsó de súbito, y no puso la mano en negocio que no resultara de perros. Un socio de mala fe, un amigo pérfido acabaron de perderle, y el batacazo fue de los más gordos, hallándose de la noche a la mañana sin blanca, deshonrado y por añadidura preso… «¿Lo ves? —le decía a su amigote—, ¿te convences ahora de que ni tú ni yo servimos para mercachifles? Te lo advertí cuando empezaste, y no quisiste hacerme caso. No pertenecemos a nuestra época, querido Antonio; somos demasiado decentes para andar en estos enjuagues, que allá se quedan para la patulea del siglo». Como consuelo, no era de los más eficaces. Reluz le oía sin pestañear ni responderle nada, discurriendo cómo y cuándo se pegaría el tirito con que pensaba poner fin a su horrible sufrimiento.