Tristana
Tristana «¡Ay! No te había dicho nada. El gran don Lope, terror de las familias, está conmigo como un merengue. El reuma sigue mortificándole, pero siempre tiene para mí palabras de cariño y dulzura. Ahora le da por llamarme su hija, por recrear su espíritu (así lo dice) llamándose mi papá, y por figurarse que lo es. ¿E se non piangi, de che pianger suoli? Se arrepiente de no haberme comprendido, de no haber cultivado mi inteligencia. Maldice su abandono… Pero aún es tiempo; aún podremos ganar el terreno perdido. Porque yo tenga una profesión que me permita ser honradamente libre, venderá él la camisa, si necesario fuese. Ha empezado por traerme un carro de libros, pues en casa jamás los hubo. Son de la biblioteca de su amigo el marqués de Cicero. Excuso decirte que he caído sobre ellos como lobo hambriento, y a éste quiero, a éste no quiero, heme dado unos atracones que ya, ya… ¡Dios mío, cuánto sabo! En ocho días he tragado más páginas que lentejas dan por mil duros. Si vieras mi cerebrito por dentro, te asustarías. Allí andan las ideas a bofetada limpia unas con otras… Me sobran muchas, y no sé con cuálas quedarme… Y lo mismo le hinco el diente a un tomo de Historia que a un tratado de Filosofía. ¿A que no sabes tú lo que son las mónadas del señor de Leibniz? Tonto, ¿crees que digo monadas? Para monadas, las tuyas, dirás, y con razón. Pues si tropiezo con un libro de Medicina, no creas que le hago fu. Yo con todo apenco. Quiero saber, saber, saber. Por cierto que… No, no te lo digo. Otro día será. Es muy tarde: he velado por escribirte: la pálida antorcha se extingue, bien mío. Oigo el canto del gallo, nuncio del nuevo día, y ya el plácido beleño por mis venas se derrama… Vamos, palurdo, confiesa que te ha hecho gracia lo del beleño… En fin, que estoy rendida y me voy al almo lecho… sí, señor, no me vuelvo atrás: almo, almo».