Tristana

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En su trastorno insano, tan pronto volvía los ojos a la medicina como al charlatanismo. Una mañana le llevó Saturna el cuento de que cierta curandera, establecida en Tetuán, y cuya fama y prestigio llegaban por acá hasta Cuatro Caminos, y por allá hasta los mismos muros de Fuencarral, curaba los tumores blancos con la aplicación de las llamadas hierbas callejeras. Oírlo D. Lope y mandar que viniera la que tales prodigios hacía fue todo uno, y poco le importaba que D. Augusto pusiese mala cara. Descolgose la comadre con un pronóstico muy risueño, y aseguró que aquello era cosa de días. Revivió en D. Lepe la esperanza; hízose cuanto la vieja dispuso; enterose Miquis aquella misma tarde y no se enojó, dando a entender que el emplasto de la profesora libre de Tetuán no produciría daño ni provecho a la enferma. Maldijo D. Lope a todas las charlatanas habidas y por haber, mandándolas que se fueran con cien mil pares de demonios, y se restablecieron los planes y estilos de la ciencia.







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