Tristana
Tristana Pasó Tristana una noche infernal, con violentos accesos de fiebre, entrecortados de intensísimo frío en la espalda. Garrido, a quien se podía ahorcar con un cabello, no tuvo más que ver la cara del doctor, en su visita matutina, para comprender que el mal entraba en un período de gravedad crítica, pues aunque el bueno de Augusto sabía disfrazar ante los enfermos su impresión diagnóstica, aquel día pudo más la pena que el disimulo. La misma Tristana se le adelantó, diciendo con aparente serenidad: «Comprendido, doctor… Esta… no la cuento. No me importa. La muerte me gusta; se me está haciendo simpática. Tanto padecer va consumiendo las ganas de vivir… Hasta anoche, figurábaseme que el vivir es algo bonito… a veces… Pero ya me encariño con la idea de que lo más gracioso es morirse… no sentir dolor… ¡qué delicia, qué gusto!». Echose a llorar, y el bravo D. Lepe necesitó evocar todo su coraje para no hacer pucheros.
Después de consolar a la enferma con cuatro mentiras muy bien tramadas, encerrose Miquis con D. Lope en el cuarto de éste, dejándose en la puerta sus bromas y la máscara de amabilidad caritativa, y le habló con la solemnidad propia del caso.