Tristana

Tristana

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«Amigo D. Lope —dijo, poniendo sus dos manos sobre los hombros del caballero, que parecía más muerto que vivo—, hemos llegado a lo que yo me temía. Tristanita está muy grave. A un hombre como usted, valiente y de espíritu sereno, capaz de atemperarse a las circunstancias más angustiosas de la vida, se le debe hablar con claridad».

—Sí —murmuró el caballero, haciéndose el valiente, y creyendo que el cielo se le venía encima, por lo cual, con movimiento instintivo, alzó las manos como para sostenerlo.

—Pues sí… La fiebre altísima, el frío en la médula, ¿sabe usted lo que es? Pues el síntoma infalible de la reabsorción…

—Ya, ya comprendo…

—La reabsorción… el envenenamiento de la sangre… la…

—Sí… y…

—Nada, amigo mío. Ánimo. No hay más remedio que operar…

—¡Operar! —exclamó Garrido en el colmo del aturdimiento—. Cortar… ¿no es eso? ¿Y usted cree…?

—Puede salvarse, aunque no lo aseguro.

—¿Y cuándo…?

—Hoy mismo. No hay que perder tiempo… Una hora que perdamos nos haría llegar tarde.


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