Tristana

Tristana

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Don Lope fue asaltado de una especie de demencia al oír esto, y dando saltos como fiera herida, tropezando con los muebles, y golpeándose el cráneo, pronunció estas incongruentes y desatentadas expresiones:

—¡Pobre niña!… Cortarle la… ¡Oh!, mutilarla horriblemente… ¡Y qué pierna, doctor!… Una obra maestra de la Naturaleza… Fidias mismo la querría para modelar sus estatuas inmortales… Pero ¿qué ciencia es esa que no sabe curar sino cortando? ¡Ah!, no saben ustedes de la misa la media… D. Augusto, por la salvación de su alma, invente usted algún otro recurso. ¡Quitarle una pierna! Si eso se arreglara cortándome a mí las dos… ahora mismo, aquí están… Ea, empiece usted… y sin cloroformo.

Los gritos del buen caballero debieron oírse en el cuarto de Tristana, porque entró Saturna, asustadísima, a ver qué demonches le pasaba a su amo.

«Vete de aquí, bribona… Tú tienes la culpa. Digo, no… ¡Cómo está mi cabeza!… Vete, Saturna, y dile a la niña que no consentiré se le corte ni tanto así de pierna ni de nada. Primero me corto yo la cabeza… No, no se lo digas… Cállate… Que no se entere… Pero habrá que decírselo… Yo me encargo… Saturna, mucho cuidado con lo que hablas… Lárgate, déjanos».


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