Tristana
Tristana Y volviéndose al médico, le dijo: «Dispénseme, querido Augusto; no sé lo que pienso. Estoy loco… Se hará todo, todo lo que la facultad disponga… ¿Qué dice usted? ¿Que hoy mismo…?».
—Sí, cuanto más pronto, mejor. Vendrá mi amigo el doctor Ruiz Alonso, cirujano de punta, y… Veremos. Creo que practicada con felicidad la amputación, la señorita podrá salvarse.
—¡Podrá salvarse! De modo que ni aun así es seguro… ¡Ay doctor, no me vitupere usted por mi cobardía! No sirvo para estas cosas… Me vuelvo un chiquillo de diez años. ¡Quién lo había de decir! ¡Yo, que he sabido afrontar sin un fruncimiento de cejas los mayores peligros!…
—Sr. D. Lope —dijo Miquis con triste acento—, en estas ocasiones de prueba se ven los puntos que calza nuestra capacidad para el infortunio. Muchos que se tienen por cobardes resultan animosos, y otros que se creen gallos salen gallinitas. Usted sabrá ponerse a la altura de la situación.
—Y será forzoso prepararla… ¡Dios mío, qué trance! Yo me muero… yo no sirvo, D. Augusto…
—¡Pobrecilla! No se lo diremos claramente. La engañaremos.
—¡Engañarla! No se ha enterado usted todavía de su penetración.