Tristana

Tristana

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—No te apures, hija mía —replicó con donaire el viejo galán—. Los seres ideales y perfectos no se enfadan por dejar de recibir una carta, y se consuelan del olvido paseándose impávidos por las regiones etéreas donde habitan… Pero si quieres escribir, aquí tienes los trebejos. Díctame: soy tu secretario.

—No; escribiré yo misma… O si gustas… escribe tú. Cuatro palabras.

—A ver; ya estoy pronto —dijo Garrido, pluma en mano y el papel delante.

—«Pues, como te decía —dictó Tristana—, ya no tengo más que una piernecita. Estoy mejor. Ya no me duele… padezco muy poco… ya…».

—¿Qué… no sigues?

—Mejor será que lo escriba yo. No me salen, no me salen las ideas dictando.

—Pues toma… Escribe tú y despáchate a tu gusto (dándole la pluma y poniéndole delante la tabla con la carpeta y papel). ¿Qué… tan premiosa estás? Y esa inspiración y esos arranques, ¿a dónde diablos se han ido?

—¡Qué torpe estoy! No se me ocurre nada.


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